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Lunes 18 de septiembre de 2017

Necesitamos más hackers

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Lo recuerdo perfectamente. Eran apenas las diez de la noche de un viernes y yo estaba quedándome dormido en un aburrido evento de filosofía. Agarré el celular para ver si Twitter lograba despabilarme un poco.
Haciéndose eco de lo que pasaba, de repente empezaron a caer un tuit tras otro. Habían agarrado a “uno de los nuestros”. Un amigo, un conocido de las redes, un pibe piola con el que muchos cada tanto charlábamos, de repente estaba siendo allanado tras la inverosímil acusación de haber “hackeado” a la empresa que desarrollaba él, como mínimo controversial, sistema de voto electrónico en desarrollo para las PASO del 2015.

Desde aquel lugar de absoluta impotencia, lo primero que me vino a la mente fue la secuencia de hackatones que el gobierno porteño había organizado apenas unos meses antes. En ellos se buscaba prototipar soluciones a preocupaciones ciudadanas, como la gestión de la basura.

En la angustia del momento lo único que pude atinar a comentar era que del mismo modo en que se organizaban maratónicas jornadas de prototipado para esos problemas, podrían organizarse jornadas de puesta a prueba de sistemas automatizados de sufragio y conteo de votos. Si hackear era algo tan noble como para ponerlo en cartelería de vía pública, ¿por qué no invitar a ‘hackear’ por la democracia?

Ya en abril del 2014, Mauricio Macri, por entonces jefe de gobierno, había prometido ‘hackear la educación’, y con ello traer los exquisitos beneficios de la innovación al tan postergado sistema educativo. Es este uso de la palabra hacker -con todas sus derivaciones- la marca perfectamente distinguible de que el término ha perdido gran parte de lo que en otro momento podría haberlo hecho indeseable: es obvio que en aquel discurso no se estaba llamando a ‘subvertir’ el sistema educativo.

‘Hackear’, entonces, parecería ponernos frente a un doble juego. Cuando se trata de la educación, hackear está bien, pero cuando una comunidad de hackers alerta sobre peligros concretos a ciertos procesos democráticos, hackear está mal. Sin ir más lejos, cuando se organizó la Ekoparty el año pasado (la conferencia de seguridad informática más grande del país), nadie estuvo dispuesto a ofrecer un equipo de los utilizados para la Boleta Única Electrónica para que una horda de hackers lo pusiera a prueba.

¿Pero quiénes son los hackers? O mejor dicho, ¿qué tienen como característica en común? Obviamente no existe algo así como una ética hacker que se sigue a rajatabla a partir de un juramento ante el Honorable Concilio de los Hackers. Pero sí comparten una característica crucial: la irrefrenable tendencia a cuestionarlo todo y la convicción de que un mismo problema no tiene por qué ser resuelto más de una vez.

A fines del siglo XVIII Kant hizo una maravillosa descripción del espíritu de la Ilustración en aquel clásico texto en el que proclamaba “sapere aude “ como lema de su época. Esto suele traducirse como un llamado a “atreverse a pensar”. En una sociedad que junto a las bondades de la Ilustración heredó una complejidad prácticamente inasible, son personas más complejas lo que necesitamos.

Personas que además de ‘atreverse a pensar’ se ‘atrevan a hackear’, que en este caso sería simplemente animarse a entender cómo funcionan las cosas, para poder criticar ese funcionamiento y mejorarlo. Es este último sentido de lo que representa la cultura hacker -un poco molesto, un poco picante- el que debemos recuperar.


Por Valentín Muro


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