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Martes 23 de octubre de 2018

El gremialismo y sus debilidades

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Las obras sociales están acorraladas, sumidas en una crisis profunda y sin ayuda del Estado los sindicatos no tienen capacidad de movimiento. La locura desatada podrá ser verbal, pero nunca práctica.

La amenaza con todo el estilo y el formato mafioso (“Alfonsín y De la Rúa cayeron porque se metieron contra los sindicatos”) del gastronómico Luis Barrionuevo sorprendió más por la osadía del que la pronunció que por la realidad política actual.

Sin duda la acción de organismos públicos, entre ellos la Unidad de Información Financiera (UIF), ha puesto contra la pared a numerosos representantes del gremialismo, a sus contactos colaterales y a los que esperan la visita oficial, comiéndose las uñas.

Ninguno de los que cayeron, que se sepa, tiene una relación directa con Barrionuevo, pero lo interesante del procedimiento es que se hayan derrumbado, junto a mucha plata acumulada en sus casas y sus oficinas, enemigos acérrimos de Gerardo Martínez, secretario general de la Unión Obrera de la Construcción (Uocra), cuyos actuales vínculos con el Gobierno son hasta ahora civilizados.

Las seccionales intervenidas de la Uocra actuaban por su cuenta y riesgo, extorsionaban a los empresarios, exigían prebendas y presionaban en demasía. La obra se terminaba solo por chantaje. El estilo era ese, el mafioso, el amigo-enemigo que con la violencia y el apriete hace posible una obra o cualquier proyecto.

En gran medida, y a calzón quitado, es el modelo en chico de lo que ocurre en el resto del país y en distintos sectores de la vida económica, política y productiva. El estilo gangsteril, el del sofocón de las víctimas, el de los favores, el de las venganzas. Se da en todas las escalas. Y no soy el primero en señalarlo.

Las noticias dan cuenta de que ese estilo mafioso se usa más allá del tráfico de drogas, de armas o de containers. Las actitudes mafiosas no vinieron con la droga, ya existían en el país, de maneras más elegantes, desde hace décadas, con ayuda de algunos reductos del Estado. No resulta posible pensar que ningún gobernador se haya decidido a actuar como las circunstancias exigían. No se movieron del sillón del poder.

¿Por qué los apresados tenían tanta plata en sus arcas, producto delincuencial? Simplemente porque no tuvieron tiempo para blanquearla. No disponían de canales para convertir esas montañas de pesos en dinero civilizado bajo control estatal. Dinero mal habido, dinero sin horizonte certero en el corto plazo.

Habría que decirle a Barrionuevo que los gremios no tienen el poder que tenían hace treinta 0 cuarenta años. Los sindicatos han presenciado un achique impresionante, producto de los cambios económicos en el país. Cuando ocurrió El Rodrigazo, en 1975, en pleno gobierno peronista, Lorenzo Miguel manejaba un sindicato de 600 mil afiliados.

Hoy los metalúrgicos representan entre 60 y 70 mil personas. En el país, en estos momentos, la mano de obra activa alcanza a diez millones de habitantes. De ese total, los únicos que están cubiertos, con protección legal y jubilación asegurada, representan el 60 por ciento.

El 40% restante son trabajadores en negro, sin seguridad social, sin amparo de ninguna naturaleza. Estos días no facilitan protestas que no sean callejeras y diluidas. Es que las obras sociales están acorraladas, sumidas en una crisis profunda y sin ayuda del Estado los sindicatos no tienen capacidad de movimiento. La locura desatada podrá ser verbal, pero nunca práctica. Los dirigentes se juegan su continuidad.

Es decir, aquellos que eran leones hace 30, 40 años, medio siglo, ahora son seres pequeños y asustadizos. Por eso, la afirmación de Barrionuevo suena más a debilidad que a fuerza, más a amenaza de barrio que a una disputa entre gente seria. Por otra parte, los gremialistas tienen mala imagen en las encuestas sociales. La sociedad no los quiere. Remontar esa imagen no es cuestión de años. Se necesita mucho tiempo.

El país conoció el gremialismo con la llegada de la inmigración. Los alemanes trajeron el socialismo, catalanes e italianos trajeron el anarquismo y hasta los comunistas hicieron pie en algunos gremios, como el de la carne. Entonces no había denigración gremial. La lucha colectiva redimía. Hasta que, ya en la mitad del siglo pasado, los dirigentes eran, en su mayoría, nunca todos, señores que no ocultaban posesiones ni riquezas.

Algunos tenían caballos de carrera y studs; otros, empresas y hasta grupos de empresas y vivían como reyes, desvirtuando el origen de redención de los explotados. Una mentira grande y traicionera que fue creciendo, que se fue convirtiendo en estilo de conducción.

Por Daniel Muchnik

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