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Lunes 10 de diciembre de 2018

Adiós, Gallego

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Juan Manuel de la SotaJuan Manuel de la SotaEl Gallego era un luchador. Nada le fue fácil, no militaba en una de las provincias feudales -le tocó la más complicada, donde ser peronista no era fácil, y no paró hasta ganar la gobernación. Y no solo ganó, sino que dejó una estructura del peronismo original y respetado por la sociedad.

Quizás el peronismo de Córdoba sea sin duda la expresión más racional y avanzada de nuestro movimiento. Difícil de entender, ese peronismo no pudo imponerse a nivel nacional, de haberlo logrado otro sería nuestro presente. Y otra la forma en que viviríamos las dificultades de la coyuntura. El Gallego le dejó al peronismo la versión más racional y madura de su presente.

El Gallego fue el mejor de la renovación peronista, de esa etapa donde nos enfrentamos al viejo aparato para recuperar nuestros ideales. Siempre estuvo presente en nuestras charlas, su ausencia en la lista actual de candidatos era difícil de entender. Todos repetían el lugar común de “De la Sota es el mejor” porque lo era, porque se había sabido ganar ese lugar.

Y quizás también lo era por ser capaz de bajarse de la política y transitar otros caminos, esos que le supimos criticar, como su incursión por el diseño de moda. Quizás en esos desvíos se ocultara la esencia de su virtud, de su sentido común que le permitía tomar distancia de la política, de ese mundo que cuando se vuelve obsesión corre el riesgo de transformarse en enfermedad.

La Renovación Peronista fue una etapa que ofreció demasiado y sin duda quedó trunca. Fuimos varios los que participamos de ese sueño. Puedo decir que lo más importante de su legado, según mi visión, es la síntesis entre pasión y razón. Fue un apasionado como pocos sin dejar nunca de ser racional. Se nos fue con el Gallego, mi amigo, un representante de lo mejor del peronismo y de la política, y quizás el mejor de todos.

Por Julio Bárbaro

Un legado de unificación
que debe ser continuado


Acaba de morir un gran hombre en todo sentido de la palabra. Un gran esposo, padre, amigo, y no tengo dudas, el más grande de los políticos argentinos.
Conocí a José siendo diputada de la Nación en un viaje a Córdoba en el año 2010. Me invitó a tomar un café en la gobernación -él era así, cálido y afectuoso con conocidos y extraños- e inmediatamente nos convertimos en grandes amigos.

Cuando tuve el honor de ser su compañera de fórmula en las elecciones del 2015, viajamos kilómetros y kilómetros y compartimos incalculables de horas juntos. Nunca fue otra cosa que el mejor compañero posible, aprendí cada minuto que compartí con él, porque José era una cátedra viviente.

Siempre decíamos con la gente que trabajaba en la campaña que si José hubiese tenido la oportunidad de hacer llegar su mensaje a más argentinos, hubiese ganado la elección, porque era imposible no enamorarte cuando lo escuchabas hablar.

Era un tipo que no tenía odios. Había sido chupado por la Dictadura, torturado, pero podías no enterarte nunca, porque él jamás usó esa tragedia para hacer política. Al contrario, su mensaje era de reconciliación, abogaba por el reencuentro entre todos los argentinos.

Su muerte no debe ser en vano. Su mensaje de unificación del país, una meta por la que bregó hasta el último día de su vida, tiene que ser la senda en la que los políticos que lo sobreviven continúen su legado.


Por Claudia Rucci

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