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Lunes 17 de junio de 2019

Viento Norte

Edicion Impresa - Viento Norte

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El 2018 ha sido un año cargado de signos reveladores en torno a lo que está pasando con la esencia de la familia y el papel de la mujer en nuestra sociedad argentina. Pero tres episodios de las semanas cercanas a la pasada Navidad me motivaron particularmente a la presente reflexión. El primero de ellos, la agonía de un bebé abortado en un hospital de Entre Ríos. El segundo, el Martín Fierro Digital de Oro al hijo de Marley. El tercero, la impactante denuncia mediática de Thelma Fardin contra Juan Darthés. Al intentar analizar cada uno de estos episodios, me he topado con la tenaz presencia de una filosofía cuyo número de adeptos no para día a día de crecer: el feminismo.
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Cualquiera diría que el feminismo es la mejor y más clara defensa de la mujer en la actualidad. Sin embargo, esta deducción, a fuerza de superficial, es discutible. Analizado más en detalle, el feminismo consiste en el ataque a ese supuesto orden social y cultural que se habría impuesto en Occidente por siglos, a saber, el ‘patriarcado’. Con todo, propiamente no quiere voltear dicho orden, sino más bien revolucionarlo. Excepto en algunas contadas y raras excepciones, las feministas no tienen la autoridad suficiente, o las agallas suficientes, para intentar establecer algún otro orden; supóngase, el orden del ‘matriarcado’. Por el contrario, lo que quieren instaurar es la condición de la igualdad absoluta, que es algo distinto. Esto, naturalmente, equivale a decir ‘el orden de la anarquía’ (adviértase el oxímoron). En el mejor de los casos, si tal cosa se intentara realizar, no sería sino el intento de instaurar el orden de la confusión, de la falta total de organicidad social: donde la mediocridad e inoperancia terminarían reinando, a causa de que nadie tendría bien en claro cuál es su cometido, qué es lo que tiene que hacer y qué lo que puede aportar.
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La vieja cultura cristiana reservaba a la mujer la exclusividad sobre todo de dos cualidades: el ingenio creativo y el distintivo de su singularidad. Lo que ocurre con el feminismo moderno es que usa toda su energía en atacar la sumisión femenina (que no digo que sea algo irreal), pero poco se ocupa, o casi nada, de determinar en qué consiste el valor de la nueva respetabilidad femenina. Y con esto se toca también el aura negativa en su relación con la creatividad femenina. A decir verdad, para el feminismo no existe algo así como ‘el distintivo de la femineidad’. Ninguna cosa semejante asoma en su horizonte ideológico. Dicho de otro modo, el anhelo de la nueva respetabilidad femenina es que no haya nada específicamente femenino (ni, por supuesto, masculino). El valor supremo ha pasado a ser en este caso el género (humano), como un significante vacío de especificidad, es decir, como algo incapaz de ser llenado específicamente por lo masculino o lo femenino.
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Ahora bien, ¿no es evidente que si resulta muerto el varón, se acaba también la mujer?
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En su furia contra los abusos sufridos por algunas mujeres, las feministas no sólo quieren acabar con el macho opresor: la rabia las ha cegado hasta el punto de desearle la muerte a la humanidad. Si no hay varones ni mujeres -ejemplares normales y corrientes-, ¿podría existir algo así como hombres carentes de personalidad sexuada, simples seres humanos asexuados? La ciencia y la cultura de nuestro tiempo, junto a ciertas tendencias ya socialmente arraigadas del Derecho, van hacia la creación de este nuevo hombre. Y el nuevo Frankenstein no parece temer ser enterrado por esta, su nueva criatura. Desde los días de Nietzsche, la seducción de la nada sigue haciendo de las suyas. La creatividad se ha convertido ya en la victoria.
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Todos debemos aplaudir que nunca como antes se haya comenzado a destapar la opresión de la mujer. Pero me cuesta reconocer que la filosofía feminista y de género sea una propuesta consciente y positiva de salvación de la mujer. Por ejemplo, en la militante que desfila ardorosa e iracunda con sus senos al viento, me cuesta advertir la defensa de su propia respetabilidad, es decir, de esa cualidad que -conforme a Chesterton- los poetas de antaño denominaran “la frialdad de Cloe”. Es curioso notar que, cuando la feminista de nuestros días se enoja, en vez de proteger con “terrible armadura de hielo” su delicado organismo, y gritar con instintiva indignación noli me tangere (no me toques), busca en cambio mimetizarse con el bravucón vulgar de una tribuna dominguera.
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