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Miércoles 06 de febrero de 2019

Comentario político nacional

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Motochorro. El colombiano Jurado Mora fue liberado a las 48 horas por la Guichandut. Después de la polémica, ordenó su expulsión.Motochorro. El colombiano Jurado Mora fue liberado a las 48 horas por la Guichandut. Después de la polémica, ordenó su expulsión.Doctrina de la irracionalidad nacional

Los jueces que exculpan motochorros dejan a las víctimas y a los débiles a la intemperie.
Los fantasmas existen y en la Argentina, atraviesan paredes y mentalidades. Nos atan a veces al pasado o nos obligan a repensar el presente. Los difuntos circulan y, aún desde su ausencia hablan, enuncian mensajes y no se van. Deambulan entre nosotros. Se pronuncian silentes pero audibles los desaparecidos de la dictadura y también los desaparecidos a manos de la Triple A cuando el peronismo gobernaba y ya amparaba al terrorismo de Estado. Gritan los muertos de la AMIA envueltos en internas que sólo potencian la impunidad. Gritan los muertos de Once y todos los caídos por la inseguridad y por la indolencia de tantas personas con autoridad que no cumplen con su deber justificándose en ideologías para dummies.
 
Otros continúan valorando la muerte y la violencia
 
Hebe de Bonafini sentó sobre sus faldas a un títere inerte que representaba a Mauricio Macri y al que bautizó como “MirkoRupto”. Y afirmó en una supuesta chanza: “Lo tengo amarradito para cagarlo a palos cuando quiero…es un hijo de mil p…” Es la representación retórica de la antesala de un castigo público. “MirkoRupto” Macri, era un niño muerto pero hieráticamente vivo sostenido por Hebe, un muertito de ojos abiertos. Hebe gozaba, se reía. Una escena espeluznante que puede parecer ridícula pero que arraiga visiones con poder de propagación en el inconsciente colectivo.
 
Condenar esa barbaridad no implica defender dogmáticamente a Macri, que debe ser criticado como cualquiera que gobierna en democracia.
 
Hay algo siniestro en ese acting de Bonafini que sigue tirándose flores con Diego Maradona y también con el papa Francisco, cerquita todos de Nicolás Maduro.
 
La escena de “MirkoRupto”. aparentemente banal y delirantemente farandulizada se entrelaza con lo peor de la historia, con la venganza como mensaje, con la violencia, con la antidemocracia y, también, con el humor menos alegre que se pueda concebir.
 
En ese stand up del horror se condensa esa bufonería macabra que impone la doctrina de la irracionalidad nacional según la cual siempre la violencia es mejor.
La historia genealógica de la doctrina de la irracionalidad nacional proviene de lo que se da en llamar también “La Argentina profunda”. Hay una mirada propuesta por el nacionalismo histórico que concibe la existencia de una identidad permanente, de la Patria real que no sería racional sino emocional, profunda, inalterable. ¿Qué es la Argentina profunda?
 
¿La del imperio interminable de caudillos que ante todo y por sobre todo buscan re elecciones para siempre? ¿La de los barras bravas es la Argentina profunda? ¿La de Milagro Sala?
 
La Argentina profunda no existe. Es una invención, un imaginario deseado y equivocado. Hay hechos, algunos profundos y otros superficiales, pero no hay un sustrato identitario que aglutine a los Argentinos más auténticos. La Doctrina de la Irracionalidad Nacional es posmoral y pretendidamente popular. Como si para formar parte del pueblo fuera necesaria la capacidad de accionar por fuera de la democracia.
 
El dictador Videla se sentía un representante ungido por Dios como protector de la Argentina profunda y beatificada. Firmenich se concebía como la bandera de lucha de una profundidad popular oprimida que él habría de liberar. El coronel Seineldin creía eso también de sí mismo.
 
La historia demuestra que es mejor prevenirnos de los emergentes de unas profundidades tan peligrosas.
 
En el país de la Doctrina de la Irracionalidad Nacional la verdad tiende a desvanecerse en la noche lateral de los pantanos de la impunidad, de la charlatanería y de la nada, desde la AMIA, hasta Nisman.
 
La verdad y la justicia también se borran ante situaciones aparentemente menores como la del motochorro liberado a cambio de 700 pesos por la jueza Patricia Guichandut. Tiene alto valor simbólico. Quien roba en moto porta un gran poder, circula en un vehículo veloz y huidizo y multiplica su fuerza arrebatadora precisamente por la velocidad con la que sorprende a su víctima. El motochorro es un villano encubierto y traicionero. Los jueces que los exculpan favorecen ese poder, propician el acecho de los maleantes. Los blindan. Dejan a la intemperie a las víctimas, a los más débiles. Es la justicia de los fuertes aunque se disfracen de garantistas para los débiles.
 
Así algunos magistrados se camuflan de justicieros. Mienten, y muchos son simplemente ineptos.
 
En el país de la Doctrina de la Irracionalidad Nacional no hay justicia. Hay complicidad.
 
Todavía prevalece una suerte de seducción de la atrocidad, por la beligerancia de Hebe de Bonafini, por las ciénagas en las que todo se hunde y nada se resuelve, a veces parece crecer una fascinación por los pendencieros y por la maldad, asoma fuerte la seducción del pasado mitificado y tantas veces ensangrentado.
 
Es una seducción hipnótica y narcótica.
No lleva a ninguna parte.
 
 
 
Por Miguel Wiñazki

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Comentarios (2)add
...
Escrito por Yiyi , 03 de febrero de 2019, 19:23 hs.
El comercial tiene prohibido hablar mal de Macri, nunca dicen nada
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Escrito por Alan , 03 de febrero de 2019, 16:18 hs.
Hace 4 años que Macri es presidente, que deje de echar la culpa a los demás
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