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Viernes 24 de mayo de 2019

El estado de la Nación como un pugilato verbal

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El estado de la Nación como  un pugilato verbalEl estado de la Nación como un pugilato verbalA lo largo y ancho de nuestro país, legislaturas, parlamentos provinciales y el Congreso de la Nación comenzaron el 1º de marzo sus sesiones ordinarias.

El discurso más relevante siempre es el del presidente. Debe dar cuenta del estado de la nación y del rumbo propuesto para el país, a través de iniciativas en general y de propuestas legislativas en particular.

El diagnóstico que realizan los gobernantes siempre es muy importante. Nos permite tomar nota acerca de cuál es el punto de partida que considera y cómo establecerá el curso de acción para lo que viene.

Aquí radica el principal problema, sencillamente porque no terminamos de ponernos de acuerdo siquiera en el cuadro de situación en el que nos encontramos. Mucho menos entonces lo haremos sobre las posibles soluciones. Es decir, si no coincidimos en las preguntas que nos tenemos que formular, resulta imposible que compartamos las respuestas.

La política, una herramienta fundamental

Las sociedades republicanas entendieron hace un par de siglos que la democracia, esa que tanta sangre le costó a nuestro país, es el mejor modo de organizarse para no caer en formas de gobierno que solo sirven a una minoría. Y es la política la herramienta democrática que permite gestionar a la nación. Por ello, cada vez que se bastardea a la política, en lugar de cuestionar a quienes la ejercen, nos enojamos con la herramienta, en lugar de hacerlo con aquellos que la utilizan mal.

En el inicio de sesiones legislativas vimos cómo uno de los actos más sagrados de la democracia —luego del voto popular— fue tirado a la basura. Cuando el presidente enfrenta a los legisladores y da cuenta del estado de la nación —en este caso de manera escasa y voluntarista— y todo termina en un acto de pugilato verbal, los únicos perjudicados somos los votantes.

Los gritos que prevalecen sobre la razón, sumados al discurso presidencial que, a excepción del aumento de las AUH, nada propone en términos del corto plazo, a nadie benefician. Se utiliza mal la política. No se trabaja en acciones concretas para que mujeres y hombres preocupados en el corto plazo, ese que dicta el mes a mes, puedan hallar algún alivio.

Sin propuestas y sin diálogo posible, las dificultades son todavía mucho más graves que las verdades o las falsedades que nos haya ofrecido el Presidente en su discurso. La política siempre supone conflicto y negociación. Cuando esta queda solo en el conflicto, pocos ganan y muchos pierden.

¿Evitar el descenso o ganar el campeonato?

Si además de los gritos y de la falta de propuestas por parte del Poder Ejecutivo para este año hallamos falencias en datos de la economía, se da la triste metáfora del director técnico que tiene a su equipo luchando por evitar el descenso pero que muestra la ilusión de obtener del campeonato. Naturalmente, y esto es sentido común puro, primero hay que evitar del descenso. Nada de eso sucedió en este inicio de sesiones parlamentarias.

Un último detalle. Hubo en el discurso presidencial llamativas omisiones —no se habló, por ejemplo, de salud— e imprecisiones económicas.
Cito solo dos: “La inflación bajó” dijo Mauricio Macri. En realidad, hacia fines de 2017, la inflación retomó niveles similares de 2015 y más tarde se escapó, batiendo récords en décadas. “Este es un modelo gradual que fue exitoso durante dos años y medio. Bajó la inflación y creamos 700 mil puestos de trabajo”, también señaló el Presidente.

Los números no son reales: el crecimiento de empleos registrados y no registrados, entre el tercer trimestre de 2015 y el tercer trimestre de 2018 se aproxima a una cifra muy distinta: 345 mil.

La política, esa herramienta fundamental de la democracia, fue mal utilizada por muchos de nuestros representantes en el inicio de sesiones legislativas 2019. Y continúa, como desde hace años, concentrándose en el conflicto, mientras los argentinos no encontramos una solución a nuestras urgencias: el corto plazo. Los abuelos, nuestros hijos y la población vulnerable no pueden esperar promesas a ser cumplidas dentro de 30 años.

Por Matías Tombolin

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