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Jueves 18 de julio de 2019

Informe habla sobre el “agua mala” en Formosa y otras provincias del norte

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Ignacio Silva. ‘Hay gente que si no llueve no tiene de dónde sacar agua’, dice.Ignacio Silva. ‘Hay gente que si no llueve no tiene de dónde sacar agua’, dice.El arsénico es un semimetal natural considerado tóxico por la OMS. Su concentración es muy alta en el agua que consumen en Chaco, Formosa y Santiago del Estero. Una recorrida de Clarín por los parajes donde beber es un peligro.

Agua mala. Suena a “agua turbia”. A “no tomar”. Pero en el Norte de Argentina implica que tiene arsénico. Aunque es un semimetal natural que no depende de la intervención humana, intoxica.

En más de la mitad de las zonas rurales del Norte, donde la sed acecha a los más pobres, su nivel de concentración en el agua está muy por encima de lo aceptable según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los expertos hablan de un máximo de 10 microgramos por litro de arsénico en el agua como límite para la salud. Pero en el Chaco hay áreas con máximos de 800 μg/l, en Formosa con 900 μg/l y en Santiago del Estero, en la localidad de Mili, el récord de contaminación llegó a ser de 2.400 μg/l.

El peligro es que provoca una enfermedad lenta pero muy corrosiva y de derivaciones múltiples. Se llama HACRE (Hidroarsenicismo Crónico Regional Endémico). Un nombre difícil de recordar para un porteño, pero presente en el vocabulario de los habitantes del interior olvidado. A pesar de los números -y de que los niveles de arsénico encienden alarmas en 16 provincias argentinas-, el tema no es una prioridad de las políticas públicas.

La OMS ubica al arsénico entre las 10 sustancias químicas más preocupantes para la salud pública. Cuando este semimetal se concentra puede generar un hongo que causa diferentes dolencias: dermatitis, erupciones, trastornos gastrointestinales, anemia. Pero también cáncer de pulmón, de piel, de vejiga, de riñones. Antes de eso, en el Norte se hace notar en las sonrisas sin dientes de los adolescentes. Los expertos aseguran que el consumo prolongado durante 10 o 15 años de un agua que contenga esas grandes cantidades de arsénico genera enfermedad.

Ese agua es la que se consumen los argentinos en el Norte. Todos los días. Además de la falta de agua, el principal problema es la calidad del agua que se obtiene a través de la perforación de pozos, lo que viene de abajo. El Estado se prepara para iniciar por primera vez el “Estudio Epidemiológico Nacional para determinar el Impacto Sanitario del Consumo de Aguas con Arsénico”, pero los resultados no estarán en lo inmediato. Mientras tanto, ante la ausencia de una política pública que se ocupe de garantizar el derecho de acceder a agua segura, aparecen las ONGs. Clarín acompañó a una de ellas en una de las tantas rutas de la Argentina sedienta.

Historias con sed

“En este lugar todos somos aborígenes. Por eso le decimos Barrio Qompí Juan Sosa (Qompí, significa “Todos juntos”). A 30 kilómetros de acá, en Tierra Nueva, hay gente que si no llueve no tienen de dónde sacar agua. Tienen que recorrer kilómetros para llenar un bidón.

Esa gente realmente sufre”, dice el referente pilagá Ignacio Silva. De la mano de Fundación Aguas, que desde hace un año recorre el país analizando la calidad del agua, desarrollando proyectos de acceso de uso sostenible en el tiempo y dando talleres de capacitación en escuelas y centros comunitarios, Clarín intentó conocer a las comunidades de las que habló Ignacio.

El camino ya estaba allanado para que el “hombre blanco” -como llamaron a este equipo, aunque se trataba de una periodista y un realizador audiovisual- tenga acceso a ellos en Pozo del Tigre, Formosa.

Pero la lluvia, aunque muy leve, impidió el paso. Incluso a bordo de una 4x4. Es que no se “debía” pasar. Por ese mismo camino van las 40 familias de la comunidad para buscar agua en épocas de sequía. Sobre la tierra mojada, las ruedas de la camioneta hubiesen roto la tierra del cruce que luego los aborígenes deben hacer en carretas. Llenas de bidones de 5 o 10 litros. Tiradas por mulas. “Hacen más de 3 kilómetros para llenar esos bidones. Los Salazar calzaron (recubrieron) un pozo de madera.

Ese agua está en las peores condiciones. Toman los animales de ahí. El agua es una necesidad básica para las personas. Para la comida, para el mate, para lavar la ropa. Que aprueben el proyecto de agua segura sería una bendición para la gente de estas comunidades, que están muy alejadas”, detalla el aborigen de 68 años. Cuando habla de comunidad “alejada” se refiere a familias que tampoco tienen luz.

Ni escuela. Que no conocen más servicios médicos que los básicos que les ofrece una salita de auxilio en el Barrio Qompi. Si están “muy mal” llegan al hospital del pueblo. Padecen los dolores de panza, la caída de dientes y otras afecciones más graves.

Eso, calcado, se repetirá en toda esta ruta de la Argentina sedienta. ¿Saben que se pueden enfermar por el agua de ese pozo? “No. Ellos toman de cualquier charco. Si llueve y hay un bajo ahí (donde se acumule el agua), ellos toman. No saben que está contaminado. Eso nos enteramos después, con los análisis al agua”, sentencia.

Para ellos, lo visual es el diagnóstico para tomarla o no: si es clara, se toma. La zona más afectada por el arsénico es la llanura Chaco-pampeana, en el centro del país. El 20% de sus habitantes, además, tiene las necesidades básicas insatisfechas. La pobreza es mucho mayor en el Chaco: el 17% de la población total vive en comunidades rurales con menos de 2.000 habitantes, mientras que casi el 12% vive en asentamientos, dispersos, con menos de 50 habitantes.

La estadística es importante: los pozos poco profundos, con altas concentraciones de arsénico, son el único recurso disponible de agua potable durante todo el año para la mayoría de la población rural. En esta “ruta del agua mala” hay dos épocas claramente marcadas. La de humedad, de lluvias, de octubre a abril.

El resto del año, sequía. En la época sin agua, toman “agua de charco”, como la llaman. De pozo. Cuando les preguntan: ¿Saben que no es agua segura? Contestan: peor es la sed. Desde la fundación aseguran que “cierto nivel de conciencia hay”. Las madres creen saber por qué se enferman sus hijos. Pero son sospechas. Desde el Gobierno no lo dicen. ”Hay que investigar si la calidad de ese agua tiene que ver con las enfermedades que padecen. A partir de ahí, concientizar”, dice Juan Lapetini, presidente de la fundación.
Los hijos del arsénico

Los niños son más susceptibles que los adultos a los efectos adversos del arsénico. Las enfermedades dermatológicas -la hiperpigmentación a través de pecas y el engrosamiento de las palmas de las manos y las plantas de los pies- aparecen más rápido en ellos.

Además, los que estuvieron expuestos a esta sustancia desde el embarazo y la lactancia, pueden tener un menor desempeño neurológico que los no expuestos. “Mis hijos tenían diarrea, Escherichia coli, les dolía la panza. Ahora ya no.

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