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Miércoles 21 de agosto de 2019

La cultura del pobrismo es una condena para los pobres

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Según datos del Banco Mundial, desde que en 1990 dejó atrás la dictadura de Pinochet hasta 2015, el PBI per cápita de Chile creció al extraordinario ritmo del 7% anual.
Si la Argentina hubiera hecho lo mismo desde cuando recuperó la democracia, nuestro PBI per cápita habría llegado a US$31.500 anuales en 2015, seguiríamos siendo el país más rico de América Latina y hasta habríamos superado, por ejemplo, a España, Italia y media Unión Europea. De la pobreza , mejor no hablar. Mientras que entre 1990 y 2015 Chile la redujo a menos de un tercio -de 38,6% a 11,7%-, la Argentina la cuadruplicó, pasando del 8% de 1983 (Ferreres) al 32% de 2014 y 2018 (Cedlas). Si hubiéramos obtenido la misma reducción que Chile, la pobreza rondaría aquí el 2%. Menos pobres que en Alemania; pero de verdad.

En el cuarto de siglo que va de 1990 a 2015, gobernaron Chile presidentes de izquierda (Lagos y Bachelet), de centro (Aylwin y Frei) y de derecha (Piñera). Todos ellos mantuvieron como políticas de Estado un manejo fiscal responsable, estrategias económicas anticíclicas, estímulos a la competitividad económica y apertura al mundo.

En la Argentina, entre 1989 y 2015, gobernó durante 24 años el peronismo, que con máscaras de derecha y de izquierda se dedicó a crear pobres y vivir de ellos mientras cantaba himnos a la justicia social. Indiferente a los datos, la sociedad chilena es considerada discriminatoria y socialmente injusta por los amantes de la leyenda y el relato, mientras que los argentinos somos campechanos, macanudos y familieros. Nos encanta donar colchones desvencijados y bicicletas oxidadas a nuestros compatriotas caídos en desgracia, mientras votamos con el bolsillo para poder pagar las cuotas en dólares de la licuadora, ayer, y volver a comprar aires acondicionados split y que revienten las redes energéticas y la Patria, hoy.

Ya sé que la mayoría no es así, que no todas las culpas las tiene el peronismo y que Cambiemos ha logrado cambiar poco estas cosas en los tres años que lleva gobernando. Digo que esa cultura, la del pobrismo, es la cultura mayoritaria en el país, debido a la intervención de dos grandes aparatos, el peronismo y la Iglesia, omnipresentes en el escenario nacional. Y digo también que acabamos de presenciar uno de sus episodios más demostrativos cuando el Club River Plate abrió sus puertas a las personas en situación de calle y una avalancha de medios televisivos dio lugar a la habitual exhibición argenta de solidaridad ante las cámaras.

El contenido político lo proveyeron los muchachos de siempre, valientemente encabezados por Jorge Rial, quien tuiteó: “El fútbol hace lo que debería ser una obligación del gobierno de la ciudad. Vergüenza”. Acompañaron Página 12 -que puso una foto de Macri en un bloque de hielo en tapa y tituló “Corazón de hielo”- y la vasta constelación de medios K, que no se cansó de zarandear su tema favorito: CEO tecnocráticos, gobierno de los ricos, insensibilidad social. A eso llamé “opereta kirchnerista”, no a Juan Carr.

Y me ocupé también de señalar que la gorilísima ciudad de Buenos Aires es el distrito del país mejor equipado para asistir a las personas en situación de calle, que dispone de 2300 plazas en sus paradores y un plan de prevención del frío que se ejecuta todos los años, con 40 móviles recorriendo la ciudad las 24 horas y equipos que incluyen a 700 profesionales entre trabajadores sociales, médicos y psicólogos. Si alguien sabe de algo similar en las provincias que gobiernan los sensibles sociales le ruego que me lo haga notar.

Había más de 300 plazas libres en los refugios de la CABA los mismos días en que los medios K montaron su opereta. ¿En qué sentido meter cien personas, tres días, a dormir en colchones en el gimnasio de un club no preparado para la emergencia ayuda a solucionar algo? ¿Por qué hacerlo en uno de los barrios más ricos de Latinoamérica (Núñez) y no en La Matanza o Lomas de Zamora?

¿Por qué no en el Independiente de Moyano, en la Avellaneda que gobierna Ferraresi? ¿Por qué no en provincias pobres como Chaco y Formosa, que después de décadas de gobiernos peronistas registran la indigencia más alta del país? No digo que Juan Carr, D’Onofrio y Brito lo hagan ex profeso, pero da qué pensar. Y, por supuesto, no dije que el frío o las personas en situación de calle fueran una opereta.

Sí digo que es sospechosa esta solidaridad selectiva que descubre el problema en el distrito emblemático del Gobierno, el más rico y mejor preparado para la emergencia del país; esa solidaridad que se conmueve por la muerte de una persona en Capital e ignora las muchas ocurridas en las provincias, y que fue incapaz por años de visibilizar el tema, pero acaba de impulsarlo con un ímpetu jamás visto en pleno lanzamiento de la campaña electoral.

Desde cuando se dispone de estadísticas, las muertes por frío registradas en 2016 (15) y 2017 (16) son las más bajas; aproximadamente la mitad del promedio del ciclo anterior (2005/2015). Pero mencionarlo es ser un tecnócrata despiadado, mientras que haber formado parte del gobierno nacional a cargo cuando murieron 63 personas en 2007 es garantía de sensibilidad social.

No me asusta la distorsión de mis palabras ni las amenazas e insultos recibidos por decir lo que muchos piensan. Me pasó lo mismo cuando publiqué mi libro sobre el peronismo y cuando fui de los primeros en criticar el golpismo del Club del Helicóptero, los desvíos populistas del Papa, el periodismo de Corea del Centro, la hipocresía del Frente Reciclador y las canalladas de los Zaffaroni, los Vera y los Grabois. El tiempo me dio la razón.

Quizá no lo haga ahora, pero no me corran con el desinterés político de Red Solidaria y las ONG de Frío Cero porque esa es, precisamente, una parte esencial del fenómeno del pobrismo, cuyos esfuerzos bienintencionados terminan siendo la materia prima con la que se arman las operetas del movimiento nac&pop creador de la fábrica de pobres.

De todas, la peor y más completa fue la del Diálogo Argentino, elaborada bajo la dirección de la infaltable Iglesia. Su resultado fue el de legitimar a un gobierno, el de Duhalde, que en 2002 realizó el mayor ajuste social de la historia nacional: devaluación del 75% en un día, 41% de inflación con 2% de aumento de salarios y jubilaciones, incautación de los depósitos en pesos y papel picado para el que había puesto dólares.

El resultado voluntariamente perseguido fue una baja violenta del gasto público y de los ingresos que produjo los superávits gemelos heredados por Néstor; al costo catastrófico de un 50% de aumento del número de pobres en un año y récords aún insuperados de pobreza (57,5%), indigencia (27,5%) y desocupación (21,5%).

La cultura del pobrismo reproduce y amplifica la pobreza, encerrando a los pobres en un círculo vicioso infranqueable porque los postra en el papel de víctimas. La cultura del pobrismo no soluciona nada porque promueve la dependencia, el sometimiento y la indignidad. Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Lo empedraron los pobristas argentinos, ante las cámaras de la televisión.




Por Fernando Iglesias

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