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Martes 29 de septiembre de 2020

Una promesa que se desinfla

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El presidente Alberto FernándezEl presidente Alberto FernándezAlguna vez estuve relacionado desde el Estado con el tema de los medios de comunicación. Insistí en la necesidad de un servicio público que cubriera el espacio de los más necesitados.
Como en salud y educación, si asumimos el lugar de “esencial” debemos responder con un servicio estatal digno. Hoy quien no puede pagar no tiene televisión. Gastaron fortunas en un engendro que además de que nunca funcionó con eficiencia, llevaba solo los contenidos que el gobierno consideraba coincidentes con su ideología. Si uno era pobre, además estaba obligado a ser oficialista, me parece un exceso de castigo.

Los canales de aire eran considerados instrumentos del enemigo, salvo los propios y los asociados a puro apoyo estatal, un autoritarismo parecido al que expresaron en todo lo que hicieron, en las universidades que fundaron, en los espacios que pudieron ocupar. Como si el kirchnerismo formara parte de una ideología coherente y digna de ser única, como si ese amontonamiento del pragmatismo de Santa Cruz sumado a los derechos humanos en versión deformada y los restos de antiguas izquierdas fracasadas pudiera ser parte de un todo digno de ser convertido en política oficial. Cómo olvidar que ellos, los Kirchner, fueron centrales en la privatización de YPF, que Parrilli fue su miembro informante. Sin duda constituyó la peor traición a la historia del radicalismo y del peronismo, de los movimientos nacionales.

Luego la van a estatizar, con una parte oscura que termina en juicio contra el país y cuya explicación tiene que ver con turbios negociados. No podemos asumir que esta mezcla de intereses con revoluciones fracasadas ocupe el lugar del peronismo, degrade su historia, lastime para siempre su aporte al campo nacional y popular. Vivimos una desesperante decadencia, somos uno de los países que más se empobreció en las últimas décadas, hay gravísimas culpas del gobierno de Macri, mientras no hay mejoras significativas de los tiempos de los Kirchner y atrocidades de Menem que nunca fuimos capaces de asumir. Subsidiar la desocupación no implica generar trabajo ni favorecer al sistema productivo. Enfrentar a los medios privados no mejora la imagen del Gobierno, solo quita audiencia a los medios en manos del oficialismo. Fueron atractivos en la queja y se vuelven insoportables en el aplauso.

Muchos votamos para huir del gobierno anterior. Claro que ser mejor que el peor no implica un mérito, solo un premio consuelo que hoy no alcanza para devolver la esperanza a nadie. Hubo gente que salió a la calle la semana pasada. No eran solamente gorilas y elegantes: conforman un pedazo de nuestra sociedad que merece respeto, es el espacio que el Gobierno no es capaz de integrar, de contener en su propuesta. Los humildes, los necesitados, no salen pero sufren mucho más que los manifestantes las concentraciones económicas y la dependencia de políticas equivocadas.

La reforma de la justicia es una provocación a los que no logran sostener sus emprendimientos, es la expresión de una dirigencia que prioriza sus propios asuntos sin importarle la necesidad del ciudadano. No solo no hay un plan, tampoco se intenta generar un clima de convivencia que nos permita salir de esta absurda confrontación, responsable en gran medida de nuestra decadencia.

Duhalde habla de golpe, revive un fantasma inexistente, solo que ese error sobre la piel crispada de la sociedad genera miedo. La dirigencia política, en todas sus versiones actuales, es burocrática y prebendaria, se cobija en el Estado para vivir en el único espacio donde todavía es posible la movilidad social ascendente.

Hubo tiempos donde el peronismo expresaba a la clase trabajadora, ahora solo es un nombre que utilizan los burócratas para ganar elecciones. Cuando imperó la fe, no se necesitaban colectivos llenos de carenciados para disfrazar de multitud política lo que solo muestra la caída del obrero en subsidiado. El Gobierno tiene poco tiempo para reaccionar y recuperar el lugar de proyecto con futuro; en realidad, hasta el momento, solo impera la imagen de una promesa que se desinfla, que se va quedando sin voluntad de lucha.

No considero relevante si el poder es de Alberto o de Cristina. La virtud puede ser individual o compartida, y los errores también. Salvo los fanáticos, resulta difícil, casi imposible, encontrar ciudadanos, cualquiera sea su condición, satisfechos con el devenir del Gobierno. Por el contrario, todos los sectores transitan la angustia de no entender cuál es su futuro, cuál es el modelo que nos ofrece la dirigencia política.No ignoro que estoy reiterando mi pesimismo. Expreso los sentimientos de la absoluta mayoría de mis relaciones, de los interlocutores que me dio la vida, de muchos que compartimos sueños y vivimos el hoy como una pesadilla. No encuentro en el presente, no encontramos, un sector político capaz de proyectar con claridad.

Sería importante que surgiera en las próximas elecciones, por ahora solo imperan las burocracias enriquecidas, sus candidatos amañados y algunas jóvenes promesas que terminaron en asesores rentados. Apuesto a la esperanza, ese es el único sentido de la dureza de mi crítica. Sabemos lo que muere, nos cuesta encontrar lo que nace, conflicto reiterado en la historia humana, hoy nos toca vivirlo a nosotros. Tengamos la sabiduría de resolverlo con grandeza.

Por Julio Bárbaro

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